Se podría decir que el único guerrero, rey y poeta azteca que conocemos por su nombre, Nezahualcóyotl (1402-1472), emblemático filósofo y jurista náhuatl, una combinación de la audacia del rey David y la sabiduría del rey Salomón, que murió exactamente cincuenta años antes de la toma violenta de la ciudad imperial de Tenochtitlán por parte de Hernán Cortés, es una prueba de Rorschach.
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Disponemos de diversas valoraciones históricas sobre él provenientes de cronistas españoles, algunos de ellos de ascendencia mestiza, desde Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, autor de Códice Ixtlilxóchitl (1580-1584) y Hernando Alvarado de Tezozomoc, autor de Crónica Mexicana (1598), a los autores de Romances de los señores de la Nueva Españauna colección de canciones náhuatl del siglo XVI compilada por Juan Bautista Pomar, así como por Diego Durán, Toribio de Benavente “Motolinía”, Juan de Torquemada, Diego Muñoz Camargo, Bernardino de Sahagún y otros.
La imagen compuesta que emerge es la de un gobernante visionario, reformador religioso, poeta, místico y urbanista de extraordinario alcance. Sin embargo, todos estos relatos se basan en rumores: en ninguno está disponible la propia voz de Nezahualcóyotl, ya que no sobreviven originales de su propia mano ni relatos de sus contemporáneos. En otras palabras, es casi enteramente ficticio.
Texcoco de Nezahualcóyotl, escrito Tetzcoco en náhuatl, era una ciudad-estado al noreste de la capital azteca de Tenochtitlán. Fue fundado en el siglo XII a orillas del lago de Texcoco, el más grande de los cinco lagos del Valle de México. Hasta el día de hoy, Texcoco es a menudo descrita como la Atenas del Nuevo Mundo.
El reinado de más de cuatro décadas de Nezahualcóyotl, desde 1429 hasta su muerte, es el equivalente a su “época de iluminación”. Los cronistas y misioneros que mencioné lo describen como un protomonoteísta, un firme opositor del sacrificio humano y un defensor de la educación, la moral y el pensamiento crítico.
Sin embargo, todos estos relatos se basan en rumores: en ninguno está disponible la propia voz de Nezahualcóyotl, ya que no sobreviven originales de su propia mano ni relatos de sus contemporáneos.
Dado su camino, algunos incluso lo perciben como una variación de Akenatón, el faraón hereje de Egipto cuyo atenismo monoteísta precedió a la religión abrahámica de los israelitas. Y, en su melancolía, algunos lo miran como una especie de Hamlet, el “Príncipe de Dinamarca” de Shakespeare, que se define por la inseguridad. De cualquier manera, Nezahualcóyotl es un enigma.
Todo esto, por supuesto, sólo ha contribuido a la poderosa figura mitológica que es Nezahualcóyotl en el México moderno. Hay una ciudad-estado entera, Ciudad Nezahualcóyotl, adyacente al lado este de la capital de la nación, que lleva su nombre. Su imagen es omnipresente en estatuas, camisetas, tazas de café y otra parafernalia.
Curiosamente, a diferencia de otros íconos prehispánicos (Malintzin, Cuitláhuac, Cuauhtémoc, et al.), no era completamente mexica, a quienes los mexicanos contemporáneos reclaman como sus progenitores. El nombre de Nezahualcóyotl al nacer era Acolmiztli. La ascendencia de su padre, Ixtlilxóchitl Ome Tochtli, se remonta a los Acolhua de Texcoco; en contraste, su madre, Matlalcihuatzin, era hermana de Chimalpopoca, rey de Tenochtitlán, la ciudad-estado más grande y dominante del Valle de México y cuna de la civilización azteca.
La odisea de Nezahualcóyotl es extraordinaria. Después de presenciar el asesinato de su padre por los tepanecas, liderados por Tezozomoc, se vio obligado a salir de Texcoco y exiliarse en Huexotzinco, momento en el que adoptó el nombre de Nezahualcóyotl, que significa “coyote hambriento”. Invirtió su energía en educarse y forjar alianzas con varios monarcas. Regresó a Texcoco en 1422 y finalmente reclamó el trono de su padre con la ayuda de los Huexotzincans.
En su búsqueda, creó una amplia coalición de ciudades-estado para derrotar a los tepanecas. Ayudó a desmantelar el reino tepaneca fomentando lo que se conoció como la Triple Alianza, formada por tres potencias: Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan. Su socio en Tenochtitlan fue el rey Motecuhzoma el Viejo, pariente del emperador azteca que luego se enfrentaría a Cortés.
¿Nezahualcóyotl realmente impulsó políticas contra el politeísmo durante su régimen? ¿Era antiesclavista? Se sabía que los acolhua, el pueblo de Texcoco, esclavizaban a algunos de sus cautivos, además de comérselo: al igual que los aztecas, eran caníbales.
¿Es cierto que Nezahualcóyotl estableció un sistema penal rígido? ¿Violó a Azcalxóchitzin, la esposa de uno de sus soldados, y luego envió a ese soldado a la guerra para matarlo?
¿Cuál fue su actitud hacia lo queer, lo que algunas comunidades indígenas han llegado a conocer como “dos espíritus”? ¿Es cierto, como informa el conquistador español Bernal Díaz del Castillo que observó bajo Hernán Cortés, que algunos jóvenes indígenas andaban vestidos de mujer? ¿Se mostró Nezahualcóyotl ambivalente respecto a estas prácticas?
¿Podría realmente haber condenado los rituales religiosos relacionados con los sacrificios humanos? ¿Era auténtico su interés por la lengua náhuatl? ¿O son todas estas facetas simplemente “lecturas” estratégicas de los españoles recién llegados, que estaban desesperados por justificar su reconfiguración colonial masiva de Tenochtitlán y sus alrededores al encontrar un antepasado azteca cuyas creencias parecían apoyar sus propios objetivos y prácticas?
Incluso Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y Hernando Alvarado de Tezozomoc, que eran descendientes de figuras aztecas cruciales y, por lo tanto, podrían haber intentado ser algo más objetivos, parecen manipuladores en sus descripciones de Nezahualcóyotl.
Las canciones de Nezahualcóyotl parecen no haber sido escritas por él y tal vez ni siquiera por miembros asignados de su corte. Se manifestaron como tradición oral, tras lo cual fueron transcritas. La autoría, por tanto, es complicada. En su libro Quince poetas del mundo azteca (1992), el erudito azteca Miguel León-Portilla aboga por un procedimiento meticuloso para identificar la poesía de Nezahualcóyotl. Primero, dice, es necesario establecer “la persona a quien se atribuye la canción”; en este caso, Nezahualcóyotl. Entonces,
hay que encontrar en otros testimonios independientes información fiable sobre su existencia. Relacionada con esto está la posibilidad de aducir testimonios que afirmen la fama del mismo individuo como compositor de canciones. El tercer procedimiento es la búsqueda de eventuales interpretaciones independientes de una o más canciones atribuidas a la misma persona.
Sin embargo, este método no prueba que Nezahualcóyotl fuera un poeta; simplemente sugiere una conexión.
Sea como fuere, las canciones de Nezahualcóyotl que han sobrevivido son, como ocurre con la Biblia, Homero y otras tradiciones orales, un esfuerzo colectivo. Plantean preguntas sobre el misterio de la vida, dialogan con seres divinos, reflexionan sobre la importancia del poder y celebran el ritmo cíclico de la naturaleza.
No se puede subestimar la centralidad de la poesía de Nezahualcóyotl en la cultura náhuatl. En Códice Ixtlilxóchitlescribe Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (en la traducción de Jongsoo Lee):
En los cantos que compuso el rey Nezahualcóyotl dijo claramente algunas frases, a modo de profecías, que se han cumplido y visto en nuestros tiempos. Estos cantos se titulan Xompancuícatl, que significa “canción de primavera” y se cantaban en las fiestas y banquetes de estreno de sus grandes palacios. Una canción comienza así: Tlacxoconcaquican hani Nezahualcoyotzin, etc., que, traducida a nuestro español vernáculo según su propio y verdadero sentido, significa: “oíd lo que dice el rey Nezahualcoyotzin en sus lamentos sobre las calamidades y persecuciones que sufrirá su reino y territorios”.
En verdad, estas son lamentaciones. Con una rica fuente de información biográfica, los poemas de Nezahualcóyotl son ardientes expresiones de dolor y angustia, algunos estéticamente más complejos que otros. Recuerdan los gemidos bíblicos de profetas como Jeremías e Isaías.
El rey de Texcocan se posiciona como un guía religioso, advirtiendo a su pueblo a ser sincero consigo mismo, a no desviarse del camino recto, a prepararse para los desastres naturales, a estar equipado (física y psicológicamente) para la guerra y a aprender de los errores. Se ve a sí mismo como un profeta capaz de exaltar su reino en tiempos difíciles. Y seguramente las catástrofes que sufrieron los aztecas durante su reinado son mínimas en comparación con las que les esperaban.
Pero tal vez sean exactamente estas complejidades –la personalidad de Tlatoani Nezahualcóyotl (en náhuatl, tlatoani significa “rey”)– las que hechizan tanto a los eruditos, y son ciertamente las que lo hacen atractivo para mí. Cuando yo crecía en el México de los años 1960 (en mi niñez pasé un tiempo en Texcoco), Nezahualcóyotl era visto como un antídoto contra el colonialismo europeo, ya que aparentemente el rey-poeta previó el colapso del imperio azteca, articulándolo al pueblo texcocano.
Las veintidós narraciones contenidas en este volumen se basan en las canciones náhuatl atribuidas a Nezahualcóyotl y presentadas en Cantares Mexicanos, una colección de manuscritos del siglo XVI que contiene noventa y una composiciones, que fue previamente traducida del náhuatl al inglés por John Bierhorst (1985). Para mis recuentos, también busqué interpretaciones de la poesía de Nezahualcóyotl de Samuel G. Brinton, Ángel María Garibay Kintana y León-Portilla.
Mi descubrimiento del náhuatl comenzó con Garibay. llave del náhuatllo que me llevó a su Historia de la literatura náhuatl.. Conocí brevemente a León-Portilla en Cuernavaca, México, a mediados de la década de 1980; él me inspiró a profundizar en la civilización náhuatl. No hace falta decir que mi propio Nezahualcóyotl no es menos imaginario (y, con suerte, tan imaginativo) como aquellas primeras versiones.
En “El lugar del conocimiento”, Nezahualcóyotl relata su propio y peligroso peregrinaje como guerrero, gobernante y soñador. “Saludos a Motecuhzoma el Viejo” es un reconocimiento de su deuda con el emperador azteca cuando se acercaba la muerte de este último en 1469. Motecuhzoma el Viejo era famoso por su liderazgo en tiempos de desastres naturales: heladas, sequías, enjambres de langostas.
Instigó la Guerra de las Flores (o “Xochiyaoyotl” en náhuatl), que luchó periódicamente entre la Triple Alianza y tribus antagónicas como los mixtecos, Ahuilizapan, Cuetlachtlan y Cosamaloapan, en gran parte para aumentar los sacrificios humanos, que creía que aplacarían a los dioses enojados. El pueblo Pueblo del suroeste de Estados Unidos lo ve como un dios-héroe.
Nezahualcóyotl, el mito, se ha convertido en un componente esencial en la construcción de la identidad mexicana moderna, que poco tiene que ver con la lengua y la cultura náhuatl o con los pueblos que las hablan y practican. Los nahuas –los pueblos indígenas de México, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica– han sido excluidos del proyecto, la identidad y la ideología de la nación mexicana desde sus inicios.
Pero hay ciertos detalles de la vida de Nezahualcóyotl que sí sabemos que son ciertos. Nezahualcóyotl aspiraba a proteger la lengua náhuatl, como queda claro en “3,702 Palabras”. Entendió el agua como expresión de las contradicciones de la vida. Estuvo involucrado en el robo de Azcalxóchitzin,…