Alexander Pope no es una incógnita. Nacido en Londres en una familia de comerciantes en 1688 y enterrado en una iglesia católica en el suburbio de Twickenham en 1744, tiene una estatua metafórica en el panteón de grandes poetas ingleses que se extiende desde Chaucer hasta Auden, y un monumento real en el Rincón de los Poetas de la Abadía de Westminster.
El artículo continúa después del anuncio.
Junto con sus amigos John Swift, autor de Los viajes de Gullivery John Gay, autor de La ópera de los mendigosdefinió la cultura inglesa en las décadas previas a la Revolución Industrial, durante lo que ahora se llama la era de Augusto, que lleva el nombre de uno de sus poemas.
La estrategia editorial del Papa para su idiosincrásica traducción de Homero Ilíada fue el primero en pasar de un sistema de mecenazgo feudal al mercado literario en el que lectores y escritores, para bien o para mal, operan hoy. No hace mucho era uno de los autores más representados en antologías como Citas familiares de Bartlett.
¿Alguna vez has condenado con débiles elogios? ¿Dijo que los tontos se precipitan donde los ángeles temen pisar? ¿Reconocido que un poco de aprendizaje es algo peligroso, o que errar es humano, pero perdonar, divino? Quizás no lo sepas, pero estabas citando a Pope.
Y ahí, para citar a otro poeta inglés, está el problema. Las principales obras del Papa: los ensayos en verso sobre la “Crítica” y el “Hombre”, las sátiras simuladas La violación de la cerradura y La Dunciada—son todos clásicos en el sentido de Mark Twain: cosas que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer. Quizás eso sea incluso demasiado generoso con su reputación actual. John Mullan, especialista en literatura inglesa del siglo XVIII en el University College de Londres, dice La Dunciada «tiene derecho a ser el mayor poema no leído del idioma».
John Mullan, especialista en literatura inglesa del siglo XVIII en el University College de Londres, dice La Dunciada «tiene derecho a ser el mayor poema no leído del idioma».
Es fácil ver por qué Pope no resuena entre los lectores anglófonos contemporáneos, ni siquiera entre ese grupo particularmente devoto que sigue comprometido con esa forma que alguna vez fue central: la poesía. Su uso de coplas heroicas suena artificial, pomposo e incluso cursi para oídos entrenados en un siglo y medio de verso libre. La epopeya simulada ha seguido el mismo camino que la sopa de tortuga simulada; El ensayo y la sátira son géneros que hoy en día tendemos a pensar que deberían abordarse en prosa, no en verso que rima.
En la disputa entre antiguos y modernos –una especie de precursor ideológico de nuestros debates sobre la Ilustración y la contrailuminación– Pope se puso del lado de los antiguos y perdió; sus omnipresentes referencias y pastiches de la literatura y la mitología clásicas parecen más anticuadas que los originales.
Para empeorar las cosas, La Dunciada requiere una cantidad inusual de contexto histórico para comprenderlo, ya que la sátira viciosa y obscena de Pope sobre la vida intelectual y política de Londres, escandalosa en su época, tuvo tanto éxito en demoler la reputación de la mayoría de sus objetivos que su memoria sobrevive sólo en notas académicas a pie de página del poema mismo. “La tierra baldía” de TS Eliot y Vladimir Nabokov Fuego pálido son impensables sin La Dunciadapero el poema, no obstante, parece más lejano de nosotros que, digamos, los “Holy Sonnets” de John Donne, que se publicaron poco menos de un siglo antes.
La obra maestra de Pope nació de la unión de varios rencores. Como católico, entonces minoría religiosa perseguida, que contrajo la enfermedad de Potts en su juventud, dejándolo jorobado y con dolores constantes, Pope era un doble outsider en la Inglaterra del siglo XVIII. Su improbable ascenso a la fama literaria bajo la reina Ana fue seguido por un cambio de suerte después de su muerte en 1714, la ascensión de Jorge I de Hannover y la dispersión del Scriblerus Club, la pequeña camarilla de escritores, incluidos Swift y Gay, a la que pertenecía.
En 1726, el escritor, traductor y erudito Lewis Theobald puso en la picota su edición de Shakespeare en un libro titulado Shakespeare restaurado. El subtítulo del libro…O una muestra de los muchos errores, tanto cometidos como no enmendados, por el Sr. Pope, en su última edición de este poeta—capta sucintamente las críticas de Theobald y nos permite imaginar la vergüenza de Pope ante ellas.
Dos años más tarde, contraatacó con un poema anónimo de tres libros cuyo protagonista es cierto pedante llamado «Tibbald» nombrado por la Diosa de la «tontería» para el trono del Reino de los Tontos. Si la épica celebra hechos antiguos de extraordinaria virtud y heroísmo, la épica simulada utiliza las mismas piezas narrativas para satirizar los vicios demasiado humanos de la mezquindad, la vanidad, la estupidez y la codicia contemporáneas.
En el segundo libro de La Dunciadapor ejemplo, la Diosa del embotamiento escenifica juegos, según el modelo de la Ilíadaen el que los editores tienen literalmente un concurso de meadas, y los escritores hackers de grub street compiten para ver quién puede sumergirse más profundamente en Fleet Ditch, la alcantarilla de Londres. En el tercer libro, Tibbald viaja al inframundo, siguiendo el modelo del Eneidadonde la sombra de su predecesor le presenta a los tontos de su reino. El Papa ataca a todo el mundo, desde los directores y críticos de teatro (entonces como ahora, la pesadilla del mundo literario) hasta el Primer Ministro y el Rey.
La Dunciada causó un revuelo inmediato. Se publicaron claves del poema que revelan las figuras que el Papa había disfrazado con seudónimos o escondido detrás de iniciales. Los ofendidos escribieron sus propios ataques satíricos contra el Papa y difundieron rumores sobre él en la prensa.
Tenía buenas razones para temer por su seguridad física. El Papa podría haberlo dejado en paz; en cambio, revisó y amplió el poema durante los siguientes quince años, junto con trabajos más edificantes como su Ensayos moralesque no vivió para completar.
El espíritu de “hacerlo nuevo” ha dado paso al espíritu del oficio y a las estandarizaciones del profesionalismo.
Un año antes de su muerte, una versión final de La Dunciada apareció. Pope cambió el “héroe” de Theobald por el dramaturgo y poeta laureado Colley Cibber (los tontos son fundamentalmente intercambiables). Añadió un cuarto libro que abordaba universidades, científicos y filósofos y, en una parodia del comentario académico, lo adornó todo con prefacios, introducciones y notas a pie de página atribuidas a sus amigos del Club Scriblerus.
La obscenidad de las versiones anteriores dio paso a una visión más oscura y desesperada del futuro de la cultura inglesa. Concluye con la siguiente nota:
¡Vea volar del Misterio a las Matemáticas!
¡En vano! Miran, se marean, deliran y mueren.
La religión sonrojada vela sus fuegos sagrados,
Y sin darse cuenta la Moral expira.
Ni la llama pública, ni la privada, se atreven a brillar;
¡Ni queda tenedor humano, ni vislumbre divino!
¡Mira! ¡Temen al imperio, al CAOS! es restaurado;
La luz muere ante tu palabra increadora:
¡La mano, gran Anarquista! deja caer el telón;
Y la oscuridad universal lo entierra todo.
Alguna vez considerada el estándar de oro de la elegancia formal, la poesía de Pope ahora parece totalmente extraña. Eso es precisamente lo que me gusta de él. leer La Dunciada En el siglo XXI es preguntarse: ¿por qué alguien escribiría así? Y hacer esa pregunta es enfrentarse inmediatamente a otra: ¿por qué ya no escribimos de esta manera?
La respuesta larga requeriría un libro, pero una breve probablemente podría resumirse en dos palabras: William Wordsworth. A pesar de los perturbadores distanciamientos y las complejas novedades del modernismo y la poesía posmoderna, la mayor parte del verso anglófono contemporáneo opera de acuerdo con las normas estéticas establecidas por primera vez en el prefacio de su colección de 1798 y la de Coleridge. Baladas líricas: la centralidad de la dicción “natural”, el género lírico, la imagen y el tropo como recurso, y la experiencia personal de la emoción como tema.
El espíritu de “hacerlo nuevo” ha dado paso al espíritu del oficio y a las estandarizaciones del profesionalismo, marginando algunos de los efectos que todavía estaban vivos en la escritura de lo que me gusta llamar el “siglo XVIII extraño”: artificialidad, retórica, impersonalidad, humor, juego paratextual e intertextual.
El Papa todavía tiene mucho que decirnos. Después de todo, nuestro mundo literario –con sus nuevas plataformas editoriales, su demanda insaciable de un suministro barato de palabra escrita, su competencia despiadada en el mercado abierto, su proliferación de críticos y círculos, su devoción por la actualidad, sus ansiedades sobre la autenticidad y el anonimato– y nuestro mundo político –manchado por la corrupción, el comercio y la estupidez bufona– rima con el que lo inspiró a escribir. La Dunciada.
Quizás, como sugirió una vez Walter Benjamin, la poesía del futuro sólo se hará visible cuando avivemos las brasas de esas posibilidades que arden en las cenizas del pasado.
______________________________
Colapso del contexto: un poema que contiene una historia de la poesía de Ryan Ruby está disponible a través de Seven Stories Press.